Nacho Martínez*

¿Es la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible [1] una propuesta suficientemente enérgica y adecuadamente orientada para transformar un modelo de desarrollo que pone en riesgo la sostenibilidad de la vida y del planeta? La pregunta, aunque necesaria, es aún de difícil respuesta. En primer lugar, porque aunque la Agenda fue aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas hace casi ya dos años y entró en vigor en enero de 2016, todavía no ha sido plenamente definida. El marco de indicadores globales para su desarrollo y seguimiento no estará cerrado en el corto plazo y está pendiente aún su concreción en espacios regionales, nacionales y locales. Así pues, la forma en la que se concreten los procesos pendientes en torno a la Agenda 2030 marcará su orientación y su potencial. De cómo se interpreten y se concreten elementos como su carácter integral, o su capacidad de prescribir políticas públicas, dependerá enormemente su capacidad transformadora.

 

En segundo lugar, será fundamental conocer las capacidades y los recursos (económicos, pero también políticos e institucionales) para su puesta en marcha. Su carácter normativo no tendrá capacidad de transformación si no se acompaña de las medidas y los recursos para su puesta en práctica, así como de la asunción de responsabilidades por parte de los diferentes agentes.

Y en tercer lugar, conviene no identificar la Agenda 2030 como el único marco político y de interpretación de una realidad global crecientemente compleja e interdependiente. De poco servirá contar con una agenda normativamente ambiciosa si buena parte de los acuerdos, tendencias y dinámicas globales que afectan a los problemas del desarrollo caminan, como en la actualidad sucede, en dirección opuesta.

Así pues, el carácter transformador de la Agenda 2030 está aún por construir y dependerá en buena medida de cómo se vayan concretando los interrogantes planteados, lo que a su vez será el resultado directo de lo que los diferentes agentes implicados hagan para decantarlos. Dos elementos se muestran fundamentales en esta tarea: conocer las limitaciones y las potencialidades de la Agenda 2030.

Conocer las limitaciones de la Agenda 2030 para superarlas

 

Son diversas las limitaciones que, como ha sido señalado ya en varias ocasiones [2], es preciso tener en cuenta para tratar de superar en el proceso de apropiación, implementación y seguimiento de la Agenda 2030 en los diferentes países.

Una de las principales deficiencias es la brecha existente entre el diagnóstico elaborado y el alcance de las propuestas. El mundo descrito y las tendencias globales reflejadas en la parte declarativa del documento Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible exigen respuestas que no están suficientemente abordadas en los objetivos ni en los medios de implementación propuestos para su cumplimiento. Esto sucede porque el proceso de elaboración y negociación del marco de indicadores globales lleva a rebajar algunos de los planteamientos en cuestiones críticas, porque la existencia de incoherencias y contradicciones entre unos objetivos y otros puede cortocircuitar algunos de los elementos más transformadores de la Agenda 2030 y, en buena medida, porque la agenda aborda de manera insuficiente cuestiones de carácter sistémico como la deuda, la fiscalidad o la movilidad humana, entre otras.

 

También los derechos humanos han tenido un difícil encaje en la Agenda 2030. Si bien una parte significativa de los objetivos reflejan el marco normativo internacional existente sobre derechos humanos, no hay ningún objetivo que recoja específicamente el respeto y la promoción de estos, a pesar de que fue una pretensión de muchos de los actores que participaron en el proceso de construcción de la Agenda. Finalmente, varios aspectos centrales de la agenda de derechos humanos quedaron fuera de la Agenda 2030, como los derechos sexuales y reproductivos y la no discriminación por motivos de orientación sexual o identidad de género, o el derecho al desarrollo [3].

Tampoco puede afirmarse que la propuesta esté basada en una clara narrativa sobre el modelo de desarrollo humano y sostenible a impulsar. Aunque el diagnóstico es sensible a la complejidad del desarrollo y hace referencia al necesario equilibrio entre las dimensiones social, ambiental y económica, en la práctica se observa una tensión entre las diferentes dimensiones y se sitúa al crecimiento económico como base para el logro de los objetivos. El crecimiento económico por el que aboga la Agenda 2030 es sostenible, inclusivo y sostenido. Es especialmente el rasgo “sostenido” el que más dudas siembre acerca de si el diagnóstico sobre el que se asienta esta agenda reconoce realmente los límites sociales y ambientales.

Un último elemento que limita el potencial transformador de la Agenda tiene que ver con la lógica de su aplicación. La Agenda 2030 es una agenda voluntaria y con muy limitadas capacidades para prescribir políticas tanto en el ámbito nacional como en los diferentes ámbitos territoriales donde, precisamente, debe concretarse y traducirse en políticas públicas. En este sentido, aunque la Agenda 2030 es una llamada a la acción colectiva, no es precisamente una buena noticia la lógica de responsabilidades difusas que la sustenta. Es preciso señalar que aunque la participación de todos los actores de la sociedad internacional es necesaria en la solución de los problemas globales, son los actores públicos los que acaparan mayores responsabilidades en la puesta en marcha de la Agenda 2030. Esto hace referencia tanto a la puesta en marcha de políticas orientadas al logro de los objetivos como a la construcción del marco regulatorio para su cumplimiento.

Conocer las potencialidades para explorarlas y explotarlas

 

La existencia de limitaciones en la Agenda 2030 no implica obviar las potencialidades que hacen de ella un importante marco de oportunidad política. Es precisamente el conocimiento de unas y otras una clave importante para ampliar y tensionar la Agenda hacia una interpretación e implementación ambiciosa, que logre hacer de ella una herramienta para avanzar hacia un modelo de desarrollo global que garantice la sostenibilidad de la vida de todas las personas y del planeta.

Así pues, uno de los rasgos más relevantes de la Agenda 2030 es su carácter universal, que cuestiona el modelo de desarrollo dominante por ser generador de los problemas que amenazan a la sostenibilidad de la vida y del planeta. Asimismo, el principio de universalidad trata de romper con una narrativa que asignaba papeles muy diferenciados a los países en función de su grado de desarrollo, medido este fundamentalmente en términos de renta. De esta manera, todos los países se ven interpelados a transformar sus políticas, revisar su propio modelo de desarrollo y afrontar sus incoherencias en forma de costes sociales y ambientales, tanto en clave doméstica como global.

Otro de los elementos en los que radica el potencial transformador de la Agenda 2030 es en su carácter integral. Aunque el planteamiento de 17 objetivos puede interpretarse como una apuesta por la sectorialización y la oferta de un “menú de opciones” para orientar la acción, esta solo cobra sentido desde su carácter integral e interdependiente. En este sentido, plantea la Agenda 2030 que no es posible lograr avances en uno o varios objetivos de manera aislada o desconectada de otros. Más bien al contrario, las grandes transformaciones dependen del avance en el conjunto, solo posible si unos objetivos impulsan y posibilitan el avance en otros. Traducido a la práctica y al marco de políticas públicas, la integralidad que propugna la Agenda 2030 exige un ejercicio de coherencia en el conjunto de las políticas de un determinado gobierno basado en la incorporación de la sostenibilidad y la equidad (doméstica y global) en todos y cada uno de los procesos de toma de decisiones.

Por último, un elemento importante que amplía el potencial transformador de la Agenda 2030 es su carácter multinivel. El hecho de que se trate de una agenda internacional y de carácter global no implica que sea una agenda a desarrollar exclusivamente en espacios multilaterales. Por el contrario, solo una agenda que recoge la creciente interdependencia en la configuración de los problemas y las potenciales soluciones podrá ofrecer respuestas sólidas. Es importante, para ampliar el potencial estratégico de la Agenda 2030, reconocer el carácter multinivel de una agenda en la que los gobiernos locales y las organizaciones de la sociedad civil deben jugar un papel relevante. Un papel que debiera tener un importante carácter político en la apropiación, la interpretación, el aterrizaje y el seguimiento, en función de las características y las necesidades de cada contexto político y geográfico.

El valor normativo (¿y político?) de la Agenda 2030

 

Los elementos señalados tratan de dibujar un marco de interpretación de la Agenda 2030 que contribuya a decantar afirmativamente la pregunta planteada al principio de este artículo. En este sentido, la Agenda 2030 puede contribuir a la construcción de una narrativa basada en la defensa de los derechos humanos y de la sostenibilidad de la vida y el planeta en un momento histórico en el que se observan numerosas dinámicas y tendencias de signo muy contrario: un proceso creciente de mercantilización de las relaciones humanas y de la vida en sociedad; la búsqueda de respuestas a problemas globales a través del repliegue intrafronterizo, de la exclusión y la negación de derechos de ciudadanía global, o de la afirmación del “interés nacional”; la intensificación del uso interesado de la cooperación internacional para objetivos de política económica, de seguridad o migratoria; el (neo)negacionismo del cambio climático o el aumento de la fuerza de opciones políticas cuyas señas de identidad son el racismo y la xenofobia.

Es importante señalar, por lo tanto, el papel que la Agenda 2030 puede desempeñar en el plano normativo y discursivo, en la construcción de sentido, como una praxis transformadora de la realidad. Ahora bien, si el carácter transformador de la Agenda 2030 reside en su capacidad de constituirse en un marco normativo asentado en una adecuada lectura de sus limitaciones y potencialidades, este carácter transformador solo logrará materializarse si también es capaz de concretarse en acción política. Es decir, si se traslada a políticas públicas y a formas de acción colectiva que incorporen ese enfoque transformador basado en la idea de sostenibilidad y equidad, y asentado en los principios de universalidad, integralidad y acción multinivel. Hasta el momento, si atendemos a nuestro contexto más cercano, nada indica que el acuerdo alcanzado sea un elemento orientador de políticas. El caso español es un evidente ejemplo de compromiso retórico e inacción política casi dos años después de haber aprobado la Agenda 2030.


Nacho Martínez forma parte del Colectivo La Mundial.

 

Artículo publicado en el nº74 de Pueblos – Revista de Información y Debate, tercer trimestre de 2017.


NOTAS:

1.    El texto definitivo, aprobado en septiembre de 2015 y titulado Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, puede consultarse en: www.un.org.

2.    Martínez Osés, P. (2016): “La Agenda 2030: Contradicciones, transformaciones y resistencias”, en Boletín de recursos de información, nº 49, Centro de Documentación Hegoa. Disponible en http://boletin.hegoa.ehu.es/.

3.    Véase al respecto Saiz. I. (2017): “La Agenda 2030 y los derechos humanos”, en Uría, A., Villalba, A. y Viota, N.: Transformar nuestro mundo, ¿realidad o ficción?, Unesco Etxea, Bilbao.

 

Ilustración: Mª José Comendeiro.

 

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